¡Salvajes!

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Por: Andrés Jaramillo C.
@andresgaj

Los ojos le brillan siempre antes de saltar. Trato de tener el mayor cuidado para evitar que en medio de su juego, el Mateo caiga en alguna parte que no sea blanda; mi cadera, mi rodilla, mi cabeza. El piso, incluso, cuando la cama le queda corta.

De eso depende que su ensayo de paracaidista termine en carcajadas y no en un llanto pasajero por los golpes. No tiene miedo. Se lanza como si fuera un tigre cazando en una sabana. Cada noche es igual.

Cuando me enteré que iba a ser papá creí en aquello de que antes de dormir se leen cuentos a los niños para que concilien el sueño. Y que con un beso en la frente comienzan a soñar con los angelitos. No…  el verdadero cuento resultó ese.

El Mateo no duerme sin acción. Hace de su cuna un cuadrilátero y se transforma en luchador de la WWF. La mama no es buena contrincante. Él lo sabe. Es fácil ganarle, no da pelea, se rinde pronto… prefiere la mesura, el diálogo, la paz.

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Con el papá todo cambia. Le  muerde el brazo para safarse de una de las llaves que el Mateo suele aplicar en el cuello. Lo toma de un brazo y una pierna y hace que vuele de un extremo a otro de la cama. Le muerde la panza hasta que implore perdón. Y el enseña cómo hacer cargamontón a los compañeros de la escuela.

¡Salvajes!, suele gritar la mamá, cuando se da cuenta que tender la cama no sirve de nada. Y que lo más imprudente del mundo es dejar ropa doblada cerca o el control de televisor o un vaso o cualquier cosa que pueda caerse.

Por lo general, las noches terminan con el cansancio del papá y el Mateo ileso, cargado de más energías para seguir jugando en sus sueños. Bueno… casi todas las noches. La otra ocasión fue la excepción.

La cuna del Mateo tiene una barandilla, que hace las veces de cuerdas de cuadrilatero. Él corre desde un extremo hasta esas cuerdas, las usa para tomar impulso y vuelve con fuerza para noquear con su cuerpo a papá. Pero ese día simplemente no volvió.

Aún no cae en cuenta que creció. Tiene 84 centímetros. La barandilla ya no es tan alta como para evitar que no caiga al piso. Todo fue muy rápido. Cuando quise reaccionar su cuerpo ya estaba cayendo fuera del cuadrilatero. 

Crucé la cama, salté la barandilla y alcancé a levantarlo. Estaba bañado en lágrimas. ¡Salvajes!, volvió a decir la mamá. Nosotros solo agachamos la cabeza. Guardamos silencio. Pasaron unos minutos antes de que el Mateo se olvide de su salto al vacío. No quería dormir. Quería seguir jugando. 

Otros relatos

¡Cae Pum!
Noches activas

 

Lost

Por: Andrés Jaramillo C.
@andresgaj

DOCUMENTO DESCLASIFICADO
(Originalmente escrito en agosto del 2016. No queríamos ser objeto de bullying, pero descubrimos que ha muchos otros padres les ha ocurrido)

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Corrí de un pasillo a otro desesperado. Más asustado que desesperado por momentos. No estaba. Ni en el corredor del supermercado donde ofertaban la ropa de niño, ni en el área dónde se mostraba los electrodomésticos.

El Mateo había desaparecido. No me explicaba cómo. Apenas minutos antes estaba ahí, junto a la caja registradora, esperando con sus papás, abuelita y tíos, que la fila de compradores merme para poder ir al hotel y descansar.

De pronto, en otro instante, se esfumó. !El Mateo¡, grité. No fue necesario que me contesten. Comenzamos a buscar, angustiados, sin un plan fijo. En el corredor de los juguetes, donde están los víveres, entre los los pasillo de ropa. ¡Nada!. Ni siquiera en el área de las motocicletas, de la que se enamoró, atraído  por el recuerdo de los paseos con su abuelo.

Se me agotaba el alma. Habían pasado minutos desde que el Mateo había desaparecido. Los suficientes como para culpar a todos: a mí y a la decisión de viajar de paseo a Colombia, a las horas que demoramos comprando, a no escuchar al hijo cuando ya quería regresar al hotel para reposar y comer un bocadillo.

Entonces, de repente, como una luz, lo vi. Ya estaba en los brazos de la mamá. Sonriendo, como siempre. Corrí para abrazarlo, ya no quería soltarlo. Él se incomodó. Nunca le ha gustado la gente melosa. ¿Dónde te metiste?, le dije, como si en verdad él fuera el que tuviera que dar las explicaciones. La mamá lo halló. Mientras yo corría desesperado, ella siguió la recomendación de otro comprador del supermercado.

Fue a la entrada principal, en busca de los guardias, para decirles que no permitan que un niño, de buzo gris, pantalón azul y cachetes regordetes salga del sitio, aunque esté acompañado de un adulto. Con las cámaras de seguridad iba a ser más fácil ubicarlo, si seguía en alguno de los corredores.

Cuando la mamá llegó al puesto de vigilancia los guardias la miraron y enseguida intuyeron que no estaba buscando un producto más de la percha. “Ya apareció la mamá”, dijo uno de los celadores en su radio portátil de comunicación. El Mateo no se había perdido. Eran los padres los desaparecidos.

Había caminado hasta el área de las motocicletas. Ahí lo encontró una de las vendedoras y lo entrego al equipo de seguridad. Cosas de protocolo… Le preguntaron su nombre. Él respondió: ‘Mateyo’. Estaban a punto de llamar a los padres del niño ‘Mateyo’ por los alto parlantes. Pero ya no fue necesario. Aparecieron y recuperaron el alma.

Otros relatos:

Noches activas
Malos padres
Primera noche en casa

 

 

 

Frágil

Por: Andrés Jaramillo C.

@andresgaj

Tenías una infección intestinal muy muy fuerte.La primera  luego de casi 22 meses de haber nacido. Tu pancita estaba frágil; no dejaba de quejarse. ¡Gruñía con cada respiro¡

El médico había recomendado suspender los alimentos sólidos y reemplazarlos por abundante líquido: suero oral. Te vi por primera vez decaído, recostado en la cama, en silencio; irreconocible. Ausente de travesuras, brincos, caídas, correteos, carcajadas… 

Te vi despertar en la madrugada llorando con hambre. Pidiendo a gritos la colada de plátano que suele hacerte la tía Caro cuando nos visita. El queso que se convirtió en uno de tus manjares. Fácilmente podrías acabar con una libra en un solo desayuno. Te volviste un ‘quesodependiente‘.

Gritabas en la madrugada por algo de comer. Un pan, una manzana, una uva, cualquier cosa….   Estabas desesperado y yo preocupado, dolido. Sentía que te mezquinaba la comida y estuve a punto de tirar al tacho la recomendación del doctor.

Pero tu mami me lo advirtió: “No le des de comer, está con la pancita débil y no va a resistir”. Te pregunté entonces si querías jugo de manzana. Solo líquido, algo que por lo menos engañe al hambre.

“Poquito”, volvió a decirme mamá… Yo no hice caso. Dejé que tomes a libre demanda, rápido y sin censura. Tan pronto como se terminó la botella volviste a recostarte junto a mí. No pasó mucho tiempo.

Tu pancita estaba resentida.  Se volvió a quejar  y me miraste como pidiendo auxilio. No pude entenderte  a tiempo. Cuando quise reaccionar, el jugo de manzana te había abandonado.Estaba en la almohada, la cobija, las sábanas, mi cuello.

Me asusté. Comenzabas a ahogarte y yo estaba ahí, recostado, en la madrugada, sin reacción. Tu mami se dio cuenta. Se levantó rápido; te tomó del pecho y te colocó boca abajo, sobre mi vientre, mirando al piso.

Ahí esperó a que te recuperes. Comenzó a hablarte al oído, te dijo que no te asustes, que estabas enfermito de la pancita, pero que ya iba a pasar. Te dio besos y prendió la luz del cuarto para poder cambiar la sábanas y las fundas de las almohadas, mientras yo te mudaba la ropa.

Volviste a recostarte agotado, débil y la noche se fue sin dejarnos pegar los ojos. Nos preocupamos. Por primera vez nos dimos cuenta de lo frágiles que somos. De la fortuna que es tenerte sano, inquieto, trepando los sillones, rompiendo todo a tu paso… 

La maldad

Por: Andrés Jaramillo C.

Esta es la historia del día en que le hicieron la maldad a mi Mateo. Coincidió  con la víspera del Día de la Madre. Debía ser una fecha especial para ambos (el Mateo y la mamá). Ellos quisieron recibirla de forma diferente;  lucir radiantes, renovados y les sobraban motivos. Era la primera vez que iban a celebrarlo con él fuera de la pancita.

La mamá pensó en un corte de cabello diferente y me convenció de acompañarla así como cuando a uno le persuaden de ir a hacer las compras al mercado (a regañadientes). Nos tardamos buscando el salón de belleza en La Michelena.

El de cabecera, al que acudíamos antes de cualquier fiesta importante, se había convertido en una tienda de abastos. ¡La crisis!, pensé primero… pero no. El gabinete se había mudado a un lugar más grande, calle arriba.

Dimos dos vueltas a la cuadra en el carro y nada. Hasta ya habíamos acordamos que si no aparecía, el Día de las Madres iba a ser sin ‘look’ renovado. Caminamos unos metros, por si acaso, y entonces vimos luces escandalosas. Eran la señal de la entrada al local.

Pasamos la puerta de vidrio; el Mateo estaba despierto, en los brazos, distinguiendo en los espejos grandes de la pared su figura, la de su papá y la de su mamá que no esperó mucho para sentarse en uno de los puestos vacíos.

El peluquero hizo lo suyo. Rápido y preciso, como nos gusta a los papás, sin ahondar en chismes de la farándula. Pero al final, cuando ya solo quedaba honrar la factura y salir a la casa, la mamá asintió:  ¿aprovechamos para cortarle el pelo al Mateo?

Yo la miré con ojos de NO, pero como suele ocurrir en esos casos, la boca tiene vida propia, se revela a la lógica, la razón y termina aceptando todo. El secreto de todo buen matrimonio es nunca decirles que NO.

El peluquero nos advirtió que él no cortaba el cabello a los niños. Fue totalmente honesto con nosotros. No era su especialidad. Punto.  Los necios fuimos nosotros, que permitimos a su ayudante del gabinete meterse.

Le temblaba la mano al pobre joven. A leguas se notaba que no era algo que hacía con mucha frecuencia. Pero como también suele ocurrir en esos casos, nosotros callamos. Debimos salir en ese momento del local y dejar que el cabello le crezca al Mateo como a Tarzán de Disney.

Pero otra vez no. El ayudante comenzó a cazar los cabellos largos del Mateo con miedo. Como si estuviera cazando moscas con palillos chinos. Por el corte que ese joven asistente tenía debimos imaginar lo que se venía. Su cabeza nos recordaba los videos musicales de Daddy Yankee y J. Balavin.

Y en efecto. Los cabellos de los costados del Mateo comenzaron a volar, uno tras otro, hasta acumularse en el piso. Cada vez se iba pareciendo más a un estilo tsáchila que al de niño bien portado que era lo que esperábamos. Solo faltó el achiote en la cabeza.

Entonces, el joven asistente del gabinete se atrevió a hablar. “Por qué no me dicen que tiene dos coronas, no le van a poder peinar”. Cruzamos las miradas con la mamá. Fue un yaaaaaaaaaaaa silencioso.

¿No se supone que de esas cosas se dan cuenta las personas profesionales que se dedican a cortar el cabello’. La mamá se lo hizo saber y le pidió explicaciones; ya con el ánimo por encima. Pero la respuesta fue más encantadora: hay que ponerle gel.

Entonces sentí que el ambiente de pronto se volvió más pesado. ¡Gel!, le dijo. Cuando la mamá no deja que nada, con excepción del champú de manzanilla, tope el cabello del Mateo. ¡Gel!, le dijo, cuando hasta el aceite para bebé se niega a ponerle para que no se dañe. ¡Gel!, le dijo

Ese joven no sabía en qué se estaba metiendo. Nos levantamos, civilizados, antes de ponernos en modo demonio de Tasmania. El Mateo, por suerte, de tanto llorar se había quedado dormido. No se dio cuenta de lo que le hicimos. Bueno… al menos no hasta que llegó a la casa y le vieron los tíos. No se resistieron: ¡le hicieron la maldad al Mateo!, dijeron.

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La Granja y su pacto con el demonio

Cada vez estoy más convencido de que el autor, o los autores, de las canciones infantiles de La Granja deben tener un pacto con el demonio. No encuentro otra explicación al efecto que logran en los niños.

Cada pato, cada vaca, cada pollo saltarín de colores los hipnotiza… No pueden apartar la mirada del televisor o del computador.  Su cuerpecito se mueve al ritmo de la música, como  si una fuerza demoniaca los poseyera.

El mundo puede caerse a su alrededor. No importa. Lo que los niños aman es La Granja. Da igual si es La Granja 1, 2 o 3 o la última versión del Reino Infantil. Con ese oso rosado de calzones turquesa  que parece estar bajo los efectos de alguna sustancia psicotrópica.

La Granja es una institución. Funciona mejor que el tempra cuando están enfermos. En esos desesperantes momentos en que no pueden estar un segundo quietos en el vehículo en movimiento o incluso cuando no quieren comer la sopa. Es el caso de mi Mateo.

Ya se ha convertido en un ritual durante los almuerzos y meriendas en casa. Hacen falta los seis patos gordos, flacos y rubios, para que no se desperdicie la acelga, el brócoli o la quinua que la tía o la mamá le preparan a mi hijo, con la esperanza de llegar un día donde la pediatra y que no nos insulte porque está “bajo de peso”.

Apostaría a que si se pudieran reproducir  las canciones al revés, como antes con los cassettes de  música, hasta se podría descubrir los mensajes subliminales ocultos tras esas dulzonas letras infantiles de gatos y ratones bailando Twist.

¿Se acuerdan de Black Sabbath, Mecano, Yuri o la misma  Xuxa y sus paquitas?  Decían que su famosa Danza de Xuxa, al revés, en realidad lo que decía era: “El diablo es un magnífico”. Y que su traje, con vistosos motivos, tenía símbolos satánicos como el 666 y  cruces invertidas.

Son cosa del demonio…. Tanto, que ya no podemos prescindir de ellos. Están en formato MP3 en la memoria de la radio del vehículo, para los viajes largos con mi  Mateo. Y en el teléfono celular, para cuando nos place comer fuera de casa.

Se hicieron parte de la familia y seguirán así al menos hasta que el Mateo crezca y cambie sus preferencias musicales… o coma la sopa.  Lo que pase primero.

 

!Cae Pum¡

El espaldar del sillón principal de la sala es alto; de 1,50 metros más o menos, demasiado elevado para jugar sin paracaídas. Asustaría al promedio de niños que rondan el año de edad, pero el Mateo no es cualquier niño.

Le gusta la altura, la adrenalina. No mide el riesgo y menos ahora que descubrió que puede desplazarse encorvado, aunque todavía con tímidos pasos. Tiene una afición especial por el sillón principal de la sala. Cuando lo ve, camina arrimándose de todos los objetos que encuentra cerca hasta el sofá.

Extiende los brazos como cuando quieren que lo carguen y se agarra fuertemente con sus manos de los cojines. Sube su rodilla hasta el filo y se impulsa haciendo esfuerzo. Al tercer o cuarto intento ya está sobre los cojines riéndose a carcajadas de sus primeros logros en escalada libre.

Normalmente ese es su límite. Mejor dicho era porque ese miércoles simplemente decidió ir más allá. Conquistó el brazo del sofá, luego escaló hasta el espaldar del sillón y desde esa cúspide aterrizó sin paracaídas. Fue cuestión de segundos.

Cuando su madre fue en auxilio ya nada se podía hacer. Estaba sentado sobre la cerámica, bañado en lágrimas, lesionado, con las marcas del porrazo en la frente y la nariz. Cuando me lo contaron por teléfono me lo imaginé con todo el rostro morado, hinchado, como cuando se sale del quirófano  luego de una cirugía en de nariz.

Ni siquiera apagué la computadora del trabajo. Salí asustado, viendo el reloj -eran como las 15:00-. Avancé pronto en el carro, contando los segundos de la luz roja de los semáforos que siempre resultan impertinentes. Por suerte nos separaban solo unos 15 minutos de recorrido.

Fue un alivio ver que no tenía, como pensaba, el rostro empapado de sangre o la nariz desviada. Ya no estaba llorando, la mamá se había encargado de calmarlo con besos. Pero nos preocupaba lo que no se veía. El Mateo tenía sueño y en casos de golpes ya nos habían advertido que no se puede dejar que duerman. Se pueden presentar daños neurológicos.

Fuimos al centro de salud donde tiene su historia clínica. Serían unos 20 minutos de recorrido. Entonces, alcanzamos a distinguir el área de emergencias, donde dos amables enfermeras esperaban por algún caso que les borre la cara de aburrimiento.

Vieron a mi Mateo, lo revisaron y cuando se aseguraron que no se trataba de una emergencia mayor comenzó el interrogatorio al papá. Había que descartar que se trate de violencia intrafamiliar ¡Imagínense¡

Luego vino la reprimenda de ocasión por llevarlo a ese centro de salud y no al más cercano a la casa. No sabíamos, le dije, pero no las convenció. Vinieron minutos interminables de jaleo para dejar claro que éramos unos irresponsables, hasta que el médico de turno pueda verlo y confirmar que no había peligro. Todo estaba bien, salvo las marcas en el rostro que se le quitarían en un par de días.

Vi entonces cómo el color de pronto volvió al rostro de la mamá. Ya no estaba pálida, respiró más aliviada. El Mateo se durmió hasta regresar a la casa. Luego, apenas abrió los ojos, volvió al sillón principal de la sala.

¡No Mateo!, le advertimos ¡Cae Pum!.

No nos escuchó…

Noches activas

Por: Andrés Jaramillo Carrera
@andresgaj

El Mateo bien pudiera ser la imagen de marca de cualquier batería de larga duración o bebida energizante. Ya no quiere estar quieto en los brazos de la mamá o jugando solo en su cuna.

Tampoco puede estar recostado más de cinco minutos junto a los papás viendo una película infantil o sentado en su rincón de juegos descubriendo sus colecciones. Quiere acción, adrenalina pura, emociones fuertes.NAvidad Mateo

Ha convertido a los sillones de la sala en montañas de algodón para hacer rapel.  Los corredores parecen pistas para el Rally de Dakar.

Mi hijo las recorre evadiendo los montículos de juguetes desperdigados que encuentra a su paso.

No para, ¡Nunca!. Ni cuando va a dormir. No se trata de un niño hiperactivo, como dice la pediatra. Es solamente  activo. Una bendición que a sus once meses da cuenta  de su buen estado de salud. Aunque esa vitalidad pone a prueba el descanso y la salud lumbar del papá y la mamá.

Últimamente se despierta para entrenar alrededor de las 02:00 o las 03:00, cuando la luz natural aún está en el sueño más profundo. Suelo distinguir su silueta incorporándose despacio de su cuna. Primero estira los brazos, se frota los ojos, reconoce el lugar donde está.

A su derecha están  los peluches que le han regalado. A su izquierda, un pequeño altillo de madera que separa a la cuna de la cama de sus papás. Ese es su objetivo. Se lanza hacia adelante colocando sus dos manos para no caer.

Avanza despacio, gateando, hasta donde está la mamá recostada. Sube sus caderas procurando no despertarla. Cuando llega a la cima se detiene unos segundos para calcular la bajada hacia el otro lado. Entonces se lanza como en piscina y se queda en medio de los papás riéndose a carcajadas.

Una y otra vez repite el juego hasta que se aburre de las zambullidas en las cobijas. Entonces se transforma, deja aún lado la faceta de escalador-nadador para convertirse en un pequeño toro de lidia. Se repliega hacia atrás gateando, como tomando viada, y cuando se siente listo avanza rápido hasta embestir al papá con todo.

Se ríe a carcajadas otra vez hasta que el sueño lo vence, una hora después. Nos da una tregua, pero una a medias. Dormido comienza a patearnos, a hacerse espacio en la cama de los papás para estar a sus anchas y descansar como le gusta; con los brazos y píernas abiertas, cual estrella de mar.

Hasta parece reloj de sol. Comienza marcando con sus manos y piernas las 00:00. Pero conforme avanza la madrugada  marca las 02:00, las 03:00, las 04:00, las 05:00, las 06:00.

Es cuando vuelve a despertarse con nuevos bríos, activo, sonriente y listo para más acción, adrenalina pura y emociones fuertes.

Ni huecos, ni pelos parados

Por: Andrés Jaramillo
@andresgaj

¿Para qué llevar a mi hijo donde el vecino de la peluquería del barrio y esperar, impaciente, a que termine de dibujar en la cabeza de otro vecino el símbolo de su equipo de fútbol? ¿Por qué dejarlo en manos de una desconocida en un salón de belleza cualquiera expuesto a ese singular ‘aroma’ del esmalte de uñas o el tinte de pelo?

Para qué… si su padre -YO- ya había visto con atención no dos, ni tres, sino 10 vídeos en YouTube sobre cómo cortar el cabello a los bebés.

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No requería de mayor acto de magia. La idea no era lograr el corte inglés de David Beckham o el copete de Bruno Mars. Menos la cresta de Neymar (Dios me libre). La aspiración era mucho más humilde. Evitar que las orejas desaparezcan entre esos remolinos crespos, claros y cada vez más largos. Y que lo único que le provoque picazón en el cuello sean los besos de la mamá.

Todo en solo tres sencillos y prácticos pasos a saber:

Uno. Mojar el cabello -para lo cual la hora del baño era la más ideal-
Dos. Con una peinilla para bebés dejar expuesto el cabello sobrante
Tres. Cortar las puntas 

!presto!

****

Desde que nació, nuestro Mateo ha tenido abundante cabello. Por eso nos extrañó notar cómo se le comenzó a caer poco a poco luego de cumplir seis meses de nacido.

El pediatra nos explicó que era algo normal y que no había motivo para preocuparse porque al igual que los dientes de leche, era solo una señal de que vendrían nuevos, más fuertes.

Pero los cambios comenzaron a darle al Mateo una apariencia cada vez más ‘grounge‘. A lo Nirvana… a lo Green Day, a lo Sex Pistols, que nada tenía que ver con su rostro redondeado; angelical, de póster navideño.

Por eso había que hacer algo…  Por las mañanas parecía que el Mateo se despertaba de una juerga de tres días, con los cabellos levantados, como militares en desfile: firmes.

Eso, en parte, hizo que la mamá aprobara el proyecto, aunque sinceramente con algo de recelo. “No quiero huecos, ni pelos parados”, me advirtió poco antes de entregarme a mi hijo en la ducha, convertida esa mañana en una peluquería.

****

El Mateo apenas se dio cuenta de lo que pasaba. Estaba más entretenido averiguando cómo es que sus patos de goma graznan cuando se les aplasta la panza.

Aproveché entonces el momento. Lo peiné con delicadeza, como acariciándolo, dejando que las puntas del cabello se queden entre mis dedos. Luego, volaron las primeras puntas, las segundas, las terceras…

El Mateo seguía aturdido con sus patos, la madre estaba en el cuarto contiguo, esperando lo peor, evitando ser cómplice mientras yo  cantaba: Figarooo, figarooo…. Fígaro fígaro fígaro figarooooo, hasta el acto final.

Luego de cinco minutos ya no había vuelta atrás. Todo estaba hecho. El Mateo no se quejó frente al espejo y era la primera señal de aprobación. Luego vino la mamá; la prueba de fuego. ¡Ni huecos, ni pelos parados!, le dije sonriendo, contento, como cuando el Mateo hace una de sus travesuras.

 

La Playa (Parte tres y final)

Por: Andrés Jaramillo
@andresgaj

La expectativa

Era solo cuestión de tiempo. Lo supimos desde un principio. El Mateo iba a estar sobre la arena del mar, tocándola con los dedos, sintiendo los grumos en las palmas de las manos; tentado a probarla. Quizá para comprobar si sabe como se ve, igual que la colada de tapioca en polvo que hace de la leche materna de la mamá un placer en cada desayuno.

Era de esperarse. Desde los siete meses quiere tocarlo todo, olerlo, sentirlo y descubrir a qué sabe cada cosa. Desde la más rugosa y colorida hasta la más simple y desteñida. Lo sabíamos incluso antes de embarcarnos en el viaje a la playa, en pleno feriado del 10 de agosto -paisanos-.

Por eso nos preparamos (o al menos eso pensamos). Llevamos en la pañalera una botella de agua, para que cuando intente acercarse la arena de Atacames a la boca podamos actuar como bomberos de ficción; de inmediato. También incluimos en el kit playero un paquete de pañitos húmedos, que se han convertido en la mejor compañía, sobre todo cuando mi Mateo quiere comer la sopa con las manos.

Habíamos, incluso, repasado el protocolo para la contingencia. Mijo no podía descubrir el sabor de la arena con colilla de tabaco, tan particular de las playas de Esmeraldas. Nos habíamos prometido que el único lugar que no visitaríamos en la playa iba a ser el centro de salud.

La realidad 

Mateo en la arena

La mamá le puso su terno de baño, herencia de su primo Ariel, que ha hecho las veces de Papá Noel obsequiándole lo que un niño más ama: sus juguetes. No siempre el Mateo puede travesuriar con poca ropa. En Quito, a 2 800 metros sobre el nivel del mar, sería condenarlo a una pulmonía y él lo notaba. Estaba suelto con su terno de baño, pataleándo alegre, sonriendo… en ambiente de playa.

Solo no había que olvidarse de cubrir la piel expuesta con protector solar y repelente para insectos. No hay que ser un papá experimentado para saber que no iba a sentirse feliz con piel de camarón.  Él estaba listo para sentir por primera vez la arena. Lo pusimos despacio, muy lentamente sobre los grumos, para que se acostumbre de a poco. Esperábamos que se tome unos minutos para adaptarse a esa superficie desconocida. Pero no.

!No pasó un minuto!. Es más, no pasaron ni 10 segundos. El Mateo pensó que estaba en piscina y se abalanzó con las manos abiertas. Abrazó la arena. No se la comió… se la tragó entera. No nos dio tiempo ni para reaccionar como esos bomberos de ficción que salvan a los niños en problemas.

Cuando lo vimos tenía la boca llena de arena. No sabía igual que la colada de tapioca en polvo, en la leche materna. La mueca en el rostro nos lo gritaba. Más bien se parecía a la sopa de zanahoria que tanto odia. Mi Mateo no supo qué hacer. Cerró los párpados fuerte hasta desaparecer los ojos y abrió la boca todo lo que pudo.

Operación limpieza

La botella de agua no aparecía en la pañalera. Estaba seguro que la colocamos cerca, para llegar fácilmente, pero siempre ocurre que cuando uno más necesita, hasta las cosas se esconden solas. Lo más cercano era la cerveza heladita, que  para el papá sí sabía igual que la leche para el Mateo. No se asusten… evidentemente no usamos la Budweiser. !Que clase de padres seríamos!.

Lo más a la mano que encontramos eran los pañitos húmedos. Pero créanlo, no son una buena opción. La arena se pega más en las superficies mojadas. Ya el Mateo había soportado lo suficiente como para tener, además, el papel pegado a la lengua. Por fortuna el agua apareció. De a poco los grumos fueron desapareciendo y con ellos también el susto. El Mateo volvió a la arena. Ya no la abrazó, aprendió que no todo lo que tiene en las manos debe llevarse a la boca.

La reivindicación de los papás

Nos habían hablado de un nuevo parque acuático en la frontera de Tonsupa y Atacames. Uno donde había dinosaurios y mucha, pero mucha agua para que se diviertan los niños. En nuestra segunda estancia en la playa decidimos ir a conocerlo. Teníamos la esperanza de que la suerte y el clima nos acompañe, para que el Mateo pueda divertirse.

Lo que nos encontramos superó las expectativas. El nuevo parque acuático tenía todo para disfrutar en familia. Muchas piscinas temáticas para recordar a los picapiedra, los pitufos y a esa del cuento de los siete enanitos. Fue lo mejor del viaje. Nos olvidamos por un momento del tránsito en la vìa, de la arena en la boca del Mateo, de los cocteles exageradamente caros, el mar de gente con el frontera en la cabeza y esa comida recalentada tan buena para intoxicar.

Mateo Playa Mateo y su mamà Mateo y su Papá

La Playa (Parte dos)

Por: Andrés Jaramillo
@andresgaj

Letrero playa Los letreros, colgados en las entradas de los hoteles, fungían de perros guardianes. Los canes de papel bond, escritos al apuro, a mano alzada y con marcador o esfero, ahuyentaban a los turistas.

“No hay habitaciones”, se leía en los hoteles más alejados de la zona comercial de la playa de Atacames, en la provincia de Esmeraldas.

“No hay habitaciones”, ladraban en los más grandes y pelucones, donde la noche puede costar fácilmente USD 180.

“No hay habitaciones”, se veía incluso en las bodegas adaptadas con baños comunales que insistían en llamar habitaciones sus propietarios.

Sólo nos faltó ver uno alertando: “Entiendan, no hay habitación, es el feriado del 10 de Agosto”.

El plan B en otras circunstancias no habría sido tan dramático. Dormir en el carro aliviando la incomodidad con tres o quizá cuatro cocteles preparados con frontera, el ‘aguardiente del negro’. Pero no podíamos exponer al Mateo. Él no tenía la culpa de que los papás no hayan reservado a tiempo un hotel o que se les haya ocurrido pensar, ingenuamente, que encontrarían un sitio seguro, limpio y acogedor para pernoctar justo cuando Quito se muda a la playa. Él necesitaba un sitio para poder cambiarlo, bañarlo y descansar.

Ya eran las 20:00. Habíamos pasado la tarde en vano buscando refugio; perdiendo el tiempo. El Mateo, cansado y acalorado,  se había acorrucado en mis brazos para dormir. Parecía que estaba soñando que cargaba las maletas, porque cada vez lo sentía  más pesado.

La noche comenzaba a caldearse. En la calle principal del malecón, los ríos de gente estaban cada vez más alegres con las copas de caipiriña  hecha con frontera. Los bares de la playa competían para ver cuál tenía el equipo de sonido con más potencia y los primeros asaltados de la jornada se acercaban al puesto de la Marina para hacer las denuncias del caso.

Las fiestas se viven intesnamente en las discotecas que están al filo del malecón de Atacames.

La fiesta en las discotecas que están al filo del malecón de Atacames.

Teníamos dos opciones. Seguir con la búsqueda infructuosa, acumulando estrés y perdiendo más tiempo. O tomarnos las cosas con calma, merendar y volver a la ciudad de Esmeraldas a buscar un hotel lejos del bullicio y la mala fortuna. Evidentemente no elegimos el primer camino.

Tan solo nos dimos un tiempo para visitar el mercado artesanal de Atacames. Sitio infaltable para olvidarse de los canes de papel y admirar los recuerdos y adornos en tagua, concha y coral hechos a mano. Caminamos a lo sumó unos diez minutos reconociendo la habilidad de los artesanos locales.

Entonces sentí lo que los alumnos del Colegio San Gabriel en 1906 seguramente experimentaron cuando vieron  la imagen de la Virgen Dolorosa con lágrimas en los ojos. !Milagro!, grité en mi cabeza. Cerré los ojos y los volví a abrir para estar seguro de que no se trataba de una alucinación, producto de una dosis de escopolamina usaba por un asaltante cualquiera.

Era real. Estaba enfrente del mercado artesanal, cruzando la calle, en la puerta de vidrio, junto a la tienda de sandalias. Era un  letrero chiquitito, sencillo, justo fuera del hotel Malecón INN, alentador:  “Si hay habitaciones”, decía.

SI-HAY-HA-BI-TA-CIO-NES

Una familia que estaba más cerca de la entrada también lo vio. La mujer, que se notaba era la ‘madre de familia’, se acercó despacio, también dudando de que fuera cierto. Se aprestaba a entrar al hotel, pero se le adelantaron. No contaba con la agilidad de la mamá del Mateo.

En un impulso  cruzó la calle evadiendo las tricimotos, los ríos de gente alegres con las caipiriñas. Abrió la puerta de vidrio y subió las empinadas gradas hasta llegar al mostrador. Estaba dispuesta a que nadie le arrebate la última habitación disponible. Pero ahí, justo al final del camino, cuando parecía que todo estaba a su favor, otro turista estaba negociando el hospedaje.

Se desinfló al constatar que él había llegado antes, pero no por mucho tiempo. Lo que vino después no pudo ser más milagroso. El desconocido, turista a leguas, necesita una habitación para cinco personas y sólo había una para tres; El Mateo, la Amorita y Yo.

Continuará…