La Bici

Por: Andrés Jaramillo Carrera

¡Suéltame papá!, dijo Mateo eufórico. Seguramente todos en el Conjunto Habitacional escucharon sus gritos en medio de la cancha de cemento que usualmente utilizan los vecinos para jugar indor fútbol y que esa tarde convertimos -a la fuerza- en una pista de bicicletas chinas. 

Él, ansioso, no reparaba en que hace mucho tiempo había despegado mi mano derecha del asiento azul de su bici. Seguía corriendo junto a él, eso sí, ignorando el dolor en mi espalda, pensando que necesitaba tenerme cerca para sentirse seguro, aunque no fuese así. En realidad, él quería vivir la adrenalina de manejar por sí mismo. 

Mateo nunca necesitó ruedas de apoyo para su bici -ni su vida. Aquella primera bicicleta sin pedales que su mamá le regaló cuando cumplió apenas tres años de edad hizo que el sentido del equilibrio se le hiciera algo casi natural. 

Además, desde que nació, la velocidad fue algo que lo entusiasmó en demasía.  Aún recuerdo con claridad cuando en su primer coche rojo de cuatro ruedas dominaba con soltura las bajadas de cemento en las aceras del vecindario, poseído por el espíritu del mismísimo Rayo Mcqueen.

¡Ya lo hice hijo¡, grité emocionado, mientras veía cómo se alejaba pedaleando solo, balanceando su cuerpo como si bailara hula hula sobre las ruedas. Mateo volteó la cabeza para verificar que no lo engañaba. Para él era importante saberse independiente, sentir que luego de unos cuantos intentos fallidos, al fin podía presumir a sus tíos, amigos de la escuela y primos, que ya podía conducir bicicleta solo.  

Lo vi extasiado mientras se alejaba de mí, cada vez con más rapidez, sintiendo por primera ocasión los ojos achinados por el viento golpeando de frente y alborotándole aún más su cabello necio. 

Lo logró con gran solvencia y, cuando se sintió cómodo con su nueva compañera de aventuras, quiso ir por más: agarrar las curvas sin frenar, pedalear con el cuerpo despegado del asiento, saltar veredas, hacer carreras con su perro Paco… 

Mientras, yo solo atiné a agradecer a la vida por darme el privilegio de estar en ese momento que transcurre una sola vez en la vida.  En mi caso, tuve que aprender a manejar bicicleta tarde. Al menos cuando tenía 10 años y siempre añoré ese tiempo de diversión, amigos, anécdotas y descubrimientos perdidos. 

Mateo no tendrá que pasar por lo mismo. Al verlo de espaldas pedaleando, mi imaginación voló. Viajé al futuro y lo observé sobre una imponente bicicleta, adulto, cruzando fronteras internacionales. Vistiendo la malla rosada y ganando Le Tour de France, igual que el ecuatoriano Richard Carapaz.

De pronto lo vi; adolescente, recorriendo Quito los domingos en el ciclo paseo. Llegando a casa de los abuelos para visitarlos.  Trayendo el pan a su hogar los domingos para completar el desayuno antes de que me levante de la cama. Durmiendo por primera vez, desde que nació, hasta tarde un fin de semana.

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