Montaña de juguetes

Por: Andrés Jaramillo Carrera

Yo, sentado muy cerca de la pantalla del computador; concentrado en eso que la gente se afana en llamar teletrabajo en tiempos de Covid19. Cansado de ver cómo las letras pasan prosudas dejando oraciones a su paso. 

Mi Mateo, en cambio, en su dormitorio; afanado en eso que la gente insiste en llamar desorden. Desapareciendo su cama en una montaña de peluches, legos, pantalones y pelotas de todos los colores.

Durante todo el día, él había insistido en que jugáramos con el balón de fútbol en el patio delantero. O que al menos nos escapáramos por un instante, dejando el Zoom de la reunión virtual encendido, mientras lidiábamos una batalla con las almohadas. 

No sé cuántas veces le dije lo mismo: “no puedo, tengo que trabajar” “ya mismo me llaman para una reunión” “apenas me desocupe jugamos”.  Y no sé cuántas veces también, vi su mirada de decepción, de frustración, de bronca. 

Cuando él se enteró que sus papás iban quedarse en casa por culpa de la pandemia, se alegró mucho. Pensó que sería como cualquier fin de semana, pero eterno. De esos en los que puede subir a la espalda de su papá e imaginar que doma a un gran toro rabioso. 

O de aquellos en los que podemos caminar al parque y pasar horas en los juegos infantiles; dándoles de comer a los patos del lago y disfrutando de una sandía y una piña, sentados en la vereda mientras vemos como las bicicletas pasan muy cerca. 

Nada más alejado de la realidad. Estamos físicamente juntos, pero virtualmente más separados que antes. Hasta lo desplazamos de los espacios que antes de la pandemia era solo suyos y le permitían vivir su niñez entre risa, gritos y algarabía. 

Ahora no puede estar en la oficina, que cada vez se parece menos a un dormitorio para pernoctar, porque “hace ruido” durante las reuniones. Tampoco puede bailar y cantar a viva voz sus discos favoritos de Phineas and Ferb, pues siempre hay una llamada en curso o una entrevista que hacer. 

Aquel día, en que insistía que jugáramos con la pelota o las almohadas, no fue la excepción. Yo estaba tan concentrado en la pantalla, que hasta olvidé dónde había dejado mi teléfono celular. 

Lo busqué, desesperado, por toda la casa y con la angustia de que en cualquier momento una llamada del trabajo podría entrar. Tuve que marcar desde otro teléfono para ubicarlo con el sonido. El ring se escuchó a lo lejos, bajito, en el segundo piso. Parecía que venía del cuarto de mi Mateo. Sonó más fuerte y me llevó directamente a la montaña de  peluches, legos, pantalones y pelotas de todos los colores. Ahí estaba, en el fondo, escondido. 

¡Por qué coges el teléfono sin permiso!, grité con evidente molestia y pensando solo en las llamadas que no pude contestar y los pendientes que se iban acumulando. Deje que prime un silencio, para darle la oportunidad de que respondiera. Entonces, en un acto de mucha valentía, me miró fijo a los ojos y me dijo: escondí el teléfono para que puedas estar tiempo conmigo.

Me quedé callado, frío, como si hubiera despertado de pronto en la madrugada, dentro de una piscina. No supe qué hacer en ese momento. Me reí torpemente, como tratando de evadir el momento tan incómodo. Luego volví a la silla de teletrabajo, para conectarme a un nuevo Zoom. 

En la pantalla, diez voces hablaban de algo que para mí ya había perdido todo tipo de relevancia. Me sentí inquieto, golpeado, con bronca, decepcionado de mí mismo, pero también con la valentía suficiente para dejar en silencio mi micrófono; escabullirme al cuarto de mi Mateo y pedirle, de favor, que me regalara un poco de su tiempo para jugar conmigo.

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