¡Salvajes!

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Por: Andrés Jaramillo C.
@andresgaj

Los ojos le brillan siempre antes de saltar. Trato de tener el mayor cuidado para evitar que en medio de su juego, el Mateo caiga en alguna parte que no sea blanda; mi cadera, mi rodilla, mi cabeza. El piso, incluso, cuando la cama le queda corta.

De eso depende que su ensayo de paracaidista termine en carcajadas y no en un llanto pasajero por los golpes. No tiene miedo. Se lanza como si fuera un tigre cazando en una sabana. Cada noche es igual.

Cuando me enteré que iba a ser papá creí en aquello de que antes de dormir se leen cuentos a los niños para que concilien el sueño. Y que con un beso en la frente comienzan a soñar con los angelitos. No…  el verdadero cuento resultó ese.

El Mateo no duerme sin acción. Hace de su cuna un cuadrilátero y se transforma en luchador de la WWF. La mama no es buena contrincante. Él lo sabe. Es fácil ganarle, no da pelea, se rinde pronto… prefiere la mesura, el diálogo, la paz.

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Con el papá todo cambia. Le  muerde el brazo para safarse de una de las llaves que el Mateo suele aplicar en el cuello. Lo toma de un brazo y una pierna y hace que vuele de un extremo a otro de la cama. Le muerde la panza hasta que implore perdón. Y el enseña cómo hacer cargamontón a los compañeros de la escuela.

¡Salvajes!, suele gritar la mamá, cuando se da cuenta que tender la cama no sirve de nada. Y que lo más imprudente del mundo es dejar ropa doblada cerca o el control de televisor o un vaso o cualquier cosa que pueda caerse.

Por lo general, las noches terminan con el cansancio del papá y el Mateo ileso, cargado de más energías para seguir jugando en sus sueños. Bueno… casi todas las noches. La otra ocasión fue la excepción.

La cuna del Mateo tiene una barandilla, que hace las veces de cuerdas de cuadrilatero. Él corre desde un extremo hasta esas cuerdas, las usa para tomar impulso y vuelve con fuerza para noquear con su cuerpo a papá. Pero ese día simplemente no volvió.

Aún no cae en cuenta que creció. Tiene 84 centímetros. La barandilla ya no es tan alta como para evitar que no caiga al piso. Todo fue muy rápido. Cuando quise reaccionar su cuerpo ya estaba cayendo fuera del cuadrilatero. 

Crucé la cama, salté la barandilla y alcancé a levantarlo. Estaba bañado en lágrimas. ¡Salvajes!, volvió a decir la mamá. Nosotros solo agachamos la cabeza. Guardamos silencio. Pasaron unos minutos antes de que el Mateo se olvide de su salto al vacío. No quería dormir. Quería seguir jugando. 

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