Frágil

Por: Andrés Jaramillo C.

@andresgaj

Tenías una infección intestinal muy muy fuerte.La primera  luego de casi 22 meses de haber nacido. Tu pancita estaba frágil; no dejaba de quejarse. ¡Gruñía con cada respiro¡

El médico había recomendado suspender los alimentos sólidos y reemplazarlos por abundante líquido: suero oral. Te vi por primera vez decaído, recostado en la cama, en silencio; irreconocible. Ausente de travesuras, brincos, caídas, correteos, carcajadas… 

Te vi despertar en la madrugada llorando con hambre. Pidiendo a gritos la colada de plátano que suele hacerte la tía Caro cuando nos visita. El queso que se convirtió en uno de tus manjares. Fácilmente podrías acabar con una libra en un solo desayuno. Te volviste un ‘quesodependiente‘.

Gritabas en la madrugada por algo de comer. Un pan, una manzana, una uva, cualquier cosa….   Estabas desesperado y yo preocupado, dolido. Sentía que te mezquinaba la comida y estuve a punto de tirar al tacho la recomendación del doctor.

Pero tu mami me lo advirtió: “No le des de comer, está con la pancita débil y no va a resistir”. Te pregunté entonces si querías jugo de manzana. Solo líquido, algo que por lo menos engañe al hambre.

“Poquito”, volvió a decirme mamá… Yo no hice caso. Dejé que tomes a libre demanda, rápido y sin censura. Tan pronto como se terminó la botella volviste a recostarte junto a mí. No pasó mucho tiempo.

Tu pancita estaba resentida.  Se volvió a quejar  y me miraste como pidiendo auxilio. No pude entenderte  a tiempo. Cuando quise reaccionar, el jugo de manzana te había abandonado.Estaba en la almohada, la cobija, las sábanas, mi cuello.

Me asusté. Comenzabas a ahogarte y yo estaba ahí, recostado, en la madrugada, sin reacción. Tu mami se dio cuenta. Se levantó rápido; te tomó del pecho y te colocó boca abajo, sobre mi vientre, mirando al piso.

Ahí esperó a que te recuperes. Comenzó a hablarte al oído, te dijo que no te asustes, que estabas enfermito de la pancita, pero que ya iba a pasar. Te dio besos y prendió la luz del cuarto para poder cambiar la sábanas y las fundas de las almohadas, mientras yo te mudaba la ropa.

Volviste a recostarte agotado, débil y la noche se fue sin dejarnos pegar los ojos. Nos preocupamos. Por primera vez nos dimos cuenta de lo frágiles que somos. De la fortuna que es tenerte sano, inquieto, trepando los sillones, rompiendo todo a tu paso… 

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