La maldad

Por: Andrés Jaramillo C.

Esta es la historia del día en que le hicieron la maldad a mi Mateo. Coincidió  con la víspera del Día de la Madre. Debía ser una fecha especial para ambos (el Mateo y la mamá). Ellos quisieron recibirla de forma diferente;  lucir radiantes, renovados y les sobraban motivos. Era la primera vez que iban a celebrarlo con él fuera de la pancita.

La mamá pensó en un corte de cabello diferente y me convenció de acompañarla así como cuando a uno le persuaden de ir a hacer las compras al mercado (a regañadientes). Nos tardamos buscando el salón de belleza en La Michelena.

El de cabecera, al que acudíamos antes de cualquier fiesta importante, se había convertido en una tienda de abastos. ¡La crisis!, pensé primero… pero no. El gabinete se había mudado a un lugar más grande, calle arriba.

Dimos dos vueltas a la cuadra en el carro y nada. Hasta ya habíamos acordamos que si no aparecía, el Día de las Madres iba a ser sin ‘look’ renovado. Caminamos unos metros, por si acaso, y entonces vimos luces escandalosas. Eran la señal de la entrada al local.

Pasamos la puerta de vidrio; el Mateo estaba despierto, en los brazos, distinguiendo en los espejos grandes de la pared su figura, la de su papá y la de su mamá que no esperó mucho para sentarse en uno de los puestos vacíos.

El peluquero hizo lo suyo. Rápido y preciso, como nos gusta a los papás, sin ahondar en chismes de la farándula. Pero al final, cuando ya solo quedaba honrar la factura y salir a la casa, la mamá asintió:  ¿aprovechamos para cortarle el pelo al Mateo?

Yo la miré con ojos de NO, pero como suele ocurrir en esos casos, la boca tiene vida propia, se revela a la lógica, la razón y termina aceptando todo. El secreto de todo buen matrimonio es nunca decirles que NO.

El peluquero nos advirtió que él no cortaba el cabello a los niños. Fue totalmente honesto con nosotros. No era su especialidad. Punto.  Los necios fuimos nosotros, que permitimos a su ayudante del gabinete meterse.

Le temblaba la mano al pobre joven. A leguas se notaba que no era algo que hacía con mucha frecuencia. Pero como también suele ocurrir en esos casos, nosotros callamos. Debimos salir en ese momento del local y dejar que el cabello le crezca al Mateo como a Tarzán de Disney.

Pero otra vez no. El ayudante comenzó a cazar los cabellos largos del Mateo con miedo. Como si estuviera cazando moscas con palillos chinos. Por el corte que ese joven asistente tenía debimos imaginar lo que se venía. Su cabeza nos recordaba los videos musicales de Daddy Yankee y J. Balavin.

Y en efecto. Los cabellos de los costados del Mateo comenzaron a volar, uno tras otro, hasta acumularse en el piso. Cada vez se iba pareciendo más a un estilo tsáchila que al de niño bien portado que era lo que esperábamos. Solo faltó el achiote en la cabeza.

Entonces, el joven asistente del gabinete se atrevió a hablar. “Por qué no me dicen que tiene dos coronas, no le van a poder peinar”. Cruzamos las miradas con la mamá. Fue un yaaaaaaaaaaaa silencioso.

¿No se supone que de esas cosas se dan cuenta las personas profesionales que se dedican a cortar el cabello’. La mamá se lo hizo saber y le pidió explicaciones; ya con el ánimo por encima. Pero la respuesta fue más encantadora: hay que ponerle gel.

Entonces sentí que el ambiente de pronto se volvió más pesado. ¡Gel!, le dijo. Cuando la mamá no deja que nada, con excepción del champú de manzanilla, tope el cabello del Mateo. ¡Gel!, le dijo, cuando hasta el aceite para bebé se niega a ponerle para que no se dañe. ¡Gel!, le dijo

Ese joven no sabía en qué se estaba metiendo. Nos levantamos, civilizados, antes de ponernos en modo demonio de Tasmania. El Mateo, por suerte, de tanto llorar se había quedado dormido. No se dio cuenta de lo que le hicimos. Bueno… al menos no hasta que llegó a la casa y le vieron los tíos. No se resistieron: ¡le hicieron la maldad al Mateo!, dijeron.

ok

 

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