Cómplices

Por: Andrés Jaramillo
@andresgaj

Nuestro Mateo ya casi no cabe en la tina de baño que le obsequió su prima poco antes de que deje la pancita de su mamá, hace cinco meses. Ahora, hasta la ropa etiquetada para niños de un año de edad comienza a quedarle justa.

El ‘papú’ crece y cada vez más veloz. Nuestros brazos ya lo sienten tres o cuatro minutos después de cargarlo. Y ya no hay suficiente columna del papá para levantarlo durante las rutinas de baño. Por eso, desde hace un buen tiempo me susurraba al oído la idea de cambiar la tina de la prima por la ducha del dueño de casa.

Pero cada vez que iba a arriesgarme me convencían de que no era el momento; que el guagua estaba todavía chiquito !Que tal si  se asusta!, decía la abuelita, los tíos… !Se va a enfermar con el agua del Municipio! Él, que solamente conocía el agua de manzanilla. Y a lo mucho… el agua de rosas con la que en diciembre se baña al niño Jesús antes de la novena de Navidad.

Si quería enfrentarlo con el agua cayendo de la ducha no había otro camino que hacerlo a escondidas, como subversivo. Lo primero era buscar un cómplice; una mamá para planificar cada detalle. Coincidimos en que buena parte del éxito del proyecto radicaba en no dejar que nos descubriera la abuelita. Por eso teníamos que esperar a que esté en la cocina, ocupada, con las ollas pidiendo atención, en el primer piso de la casa.

El día llegó. Había sol, el Mateo sonreía y los papas se sentían atrevidos. Bajamos despacio, los tres, a la ducha del segundo piso, tarareando  la canción de la pantera Rosa y rogándole al Mateo que no se ría a carcajadas para no ser detectados.

-¿Champú de manzanilla?  !listo!, se escuchó en el baño
-¿Jabón de glicerina? !listo!
-¿Toalla? !lista!

-¿Pañal y ropa para cambiarlo luego del baño?
-¿Pañal y ropa para cambiarlo luego del baño?
-¿Pañal y ropa para cambiarlo luego del baño?

Nooooooooo. A los papás se nos había olvidado. Era como pretender robar un banco sin llevar las armas. Ya era tarde para hecharse para atrás. La ducha estaba encendida, el agua caliente, el Mateo como para portada de Soho. Alguien debía salir. La mamá abrió la puerta del baño despacio, deseando que la abuelita no esté afuera con todo el peso de su mirada.

Corrió en puntas y volvió a tiempo para ver cómo el Mateo se divertía intentando tomar el agua con las manos. Ya no lloró con el champú en la cabeza, hábito propio de la tina de baño, y se relajó igual que el papá con cada gota caliente cayendo sobre el pecho, sobre sus pestañas de abanico.

!Prueba superada¡, me repetía mentalmente mientras la mamá lo recibía en sus brazos con la tolla para secarlo. Pronto estará listo para la piscina -o quién sabe- el mar...

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