El baño, para el padre, es lo que la lactancia para la madre

Por: Andrés Jaramillo
@andresgaj

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Teddy se ofreció a ser el conejillo de indias para practicar la forma adecuada de sostener a un bebé durante el baño

Ahora sé que el Mateo es igual de friolento que el papá. Lo descubrimos poco después de que me atreviera a bañarlo. Me habían dicho que los bebés adoraban sentir el agua deslizándose en su cuerpo, porque les recordaba sus primeros meses en el vientre de la mamá.

Pero no aplicó  a mi Mateo, al menos NO en sus primeros encuentros cercanos con la tina. Lloró amargamente al sentir el agua de manzanilla en la cabeza. Pateó, cerró los puños y estoy seguro de que habría salido del cuarto como correcaminos, si ya supiera caminar.

No tardamos en descubrir la razón: a él le gusta el agua caliente. Y no hablo de la que sale del microondas luego de marcar dos minutos en la pantalla y dar clic en  el botón grande de inicio. Sino caliente como para ‘pelar pollos’; saliendo humo de la tina. Igualito que el papá, como diría la abuelita.

Ahora el Mateo ya no compite para llenar con lágrimas la tina. Disfruta de su baño y hasta parece que el instinto lo invita a nadar cuando siente el agua rozando sus pies. Patalea e intenta desmarcarse de mis manos para hacer un largo en su tina celeste de un metro.

Pero está bien seguro; sostenido, la experticia acompaña al papá. No se me resbala. Ese es uno de los peores miedos que uno enfrenta al tener un hijo. Apenas salió del hospital me dijeron que  eran como gelatina, como jabón, como aceite… y que había que tener un cuidado extremo al bañarlos para que no se golpeen.

De ahí que lo mínimo que podía hacer era prepararme, saber qué hacer cuando llegue el momento de su primer baño. Además, es uno de los pocos momentos en que el padre puede conectarse íntimamente con su hijo y compartir cariño, hacer que sienta cuánto uno lo ama sin necesidad de decírselo. El baño, para el padre, es lo que la lactancia para la madre.  

Quería que la primera vez sea perfecta y estaba consciente de que no podría hacerlo solo,  por eso le pedí ayuda a Teddy, el oso marrón de peluche del Mateo. En realidad le perteneció primero a su mamá, pero cuando nació el ‘amorito chiquito’, él se hizo de todos sus regalos de cumplemes. Teddy fue el conejillo de Indias. Me permitió practicar la posición de las manos, la forma en debía amarcarlo y simular caídas que el oso soportó valientemente.

Seguí con él, al pie de la letra, las instrucciones que me dio mi primo -un experto en el cuidado de niños- y el primero que baño a  mi Mateo. Reforcé luego los conocimientos en el segundo baño, que coincidió con la visita de otro primo que no quiso perderse la oportunidad de volver a sentir a un recién nacido en los brazos.

El tercero ya fue enteramente nuestro. Ese día, con mi brazo izquierdo rodeé la espalda del Mateo y deslicé mis dedos debajo de su axila para poder sostenerlo. Con la otra mano tomé un poco de agua de manzanilla y se la llevé a la frente. Le hice la señal de la Cruz y le expliqué que iba a bañarlo, que no demoraríamos y que iba a relajarse tanto que luego solo querría dormir en su cuna. Pero tan pronto sintió el agua en la cabeza, mezclada con el champú –también de manzanilla- el Mateo lloró amargamente. Ese día, el agua no estaba tan caliente como para ‘pelar pollos’.

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