El lenguaje del llanto

Por: Andrés Jaramillo
@andregaj

Desesperación, angustia. No se puede describir de otra manera lo que sentimos esa madrugada. Estábamos convencidos de que no se trataba de un llanto de bebé común, de esos que nos despiertan a las 03:00 anunciando hambre de ‘teté’; de mamá. De ese tipo de llanto que pasan tan pronto como termina su aperitivo nocturno.

Ese llanto fue diferente; sonoro, prolongado, muy intenso. Nunca antes habíamos visto en su rostro el dolor.  Lo sentimos como astillas. Las mejillas del bebé estaban más rojizas que de costumbre. Se notaba su esfuerzo para decirnos que algo andaba mal.

En la frente, las líneas de expresión eran ya surcos. Y sus ojitos,  que cuando están alegres parecen capulíes, se negaban a abrirse. Reclamaba atención, una atención que no sabíamos cómo darla. !Primerizos! dirían los hermanos, primos, y más experimentados.

Es que no era un llanto común; de esos que se curan con su cobija de pandas, cuando el frío se cola por la endija de la puerta de la terraza.  Ni  haciendo que su ruidosa  pandereta, obsequio preferido de la prima, suene cerca para distraerlo y hacer que se olvide del berrinche mañanero.

Era un cólico. El bebé nos lo gritaba. No con las palabras del mundo adulto, sino con su lenguaje natural; el llanto. Es su forma de comunicarse, como bien señalan J. Orozco García y Carlos A. Reyes García, en su Clasificación de Llanto del Bebé Utilizando una Red Neural de Gradiente Conjugado Escalado

El llanto tiene un grado de subjetividad para poder interpretarlo. No hay una técnica o método científico en el mundo que permita diferenciar uno de otro con precisión. Cada padre aprende a interpretarlo conforme comparte tiempo con su bebé, lo ve crecer y lo conoce.

De poco, nosotros comenzamos a diferenciar ese llanto de hambre y de frío. Aquel  de incomodidad y calor, de sueño o berrinche. De ganas de brazos de la abuela o de la mamá. Finalmente el otro, ese que nos angustió aquella madrugada, puede evitarse. Los consejos de este pediatra ayudaron :

Prohibido el paso a mujeres menstruando. Riesgo de pujo

Por: Andrés Jaramillo
       @andresgaj
No es un chiste para las abuelitas. Lo dicen con toda la solemnidad y seriedad del caso. Las mujeres en su ciclo menstrual son lo más cercano a un terrorista para los bebés recién nacidos, como mi Mateo Joan -ahora de cinco días de vida-. Podrían ser las culpables de que enfrente un mal conocido en el argot ‘abuelístico’ como pujo.
Dícese de la acción de pujar una y otra vez hasta provocar efectos nocivos como la apertura del cordón umbilical. Cuando me lo dijeron dudé, soy sincero. Pero conforme se sumaron voces de respaldo, el mito de pronto comenzó a convertirse en algo real.

Nadie quiere que le pase a su hijo. Por eso, confieso, hasta pensé en tomármelo en serio. Pero había primero que resolver un pequeño problema ¿cómo saber quién está en su ciclo menstrual cuando llega a casa a visitar a mi Mateo Joan? Había que ser sutil, diplomático, directo pero no agresivo ni demasiado invasivo. El tono de voz influiría mucho, así como la forma.

Aquí las primeras cuatro posibles alternativas:

icono_consejosOpción 1. Al estilo funcionario público

Con un cartel impreso colgado fuera del cuarto en el que se lea: Prohibido el paso a mujeres menstruando. Riesgo de pujo. Gracias por su colaboración. Estamos para servirle.

La_vagancia_Reflejo_1270672206_1270672234Opción 2. Al estilo de la Vagancia (https://www.youtube.com/watch?v=3AztnF4nUZg)

¿Este mes, te vino Andrés?

Cara-oculta-luna

Opción 3. Como astronauta de la NASA

¿Estás en tus lunas?

dibujo-tecnicoOpción 4. Como en clase de dibujo técnico

¿Estás con la regla?

Finalmente no fue necesario hacer el papelón. Al menos no con los familiares. Aproveché la primera visita al pediatra para consultar el tema. El especialista me miró fijamente apenas me escuchó y sonrió. “No tiene nada que ver”, me dijo. “Es un mito”. Entonces le dije que la abuelita le había escuchado decir lo contrario al doctor burbujas en la televisión. La comparación no le cayó bien. “Imposible”, dijo con más seriedad. El pujo puede presentarse por algún problema gástrico o mal funcionamiento de algún órgano interno.

Nada tiene que ver con la regla, Andrés o sus lunas.

La primera noche de Mateo Joan en casa

Por: Andrés Jaramillo
@andresgaj

“Duerman lo que puedan. Cuando nazca el bebé, ya no tendrán una noche completa”. Cada vez que repetían la frase, ya sea nuestros amigos o familiares, solo atinábamos a responder con uno de esos Sí, que esconden más dudas que certezas. No sabíamos lo que realmente significaba. Hasta que de repente, un 13 de enero del 2015, la frase encarnó.

Era la primera noche con mi Mateo Joan en casa. La cuna estaba lista; tendida y cerca de la cama de los papás. Esa noche estrenó pijama de lana; la armadura contra el frío quiteño. Y la cobija de algodón sirvió para envolverlo ¡Todo a pedir de boca¡ Lo arrullamos despacio, con ese miedo que uno siente de que se rompan al primer movimiento brusco, hasta que poco a poco fue cerrando los ojos.

El ambiente en la habitación del tercer piso no pudo el más propicio para un sueño confortable. (Al menos eso creíamos ingenuamente) Música para relajar bebés recién descargada de la Internet a la radio portátil y una pequeña lámpara con luz tenue para que no se asuste… si llegara a despertarse.

Una luz baja puede ayudar para que el bebé no se asuste por la noche, cuando se despierte.

Una luz baja puede ayudar para que el bebé no se asuste por la noche, cuando se despierte.

Nos habían dicho también que el llanto de los bebés ahuyenta a los espíritus malvados. Y estoy seguro que no solo fueron corridos los de la casa, sino también los de los vecinos de la manzana 12 de la urbanización Paraísos del Sur, en Quitumbe.

Mi hijo demostró, a solo dos días de nacido, que tiene dotes de tenor y que pronto podrá ir al Conservatorio de Música. Se despertó cada dos horas, luego cada media hora, después cada quince minutos. Al final ya ni la hora importaba. El cielo se hizo claro.

“Duerman lo que puedan. Cuando nazca el bebé, ya no tendrán una noche completa”. No se cansaron de repetirnos la frase. Unos con más picardía y malicia que otros. La mayoría ya había pasado más de una vez por esa experiencia con sus hijos y nunca pudieron olvidarla. Pero no solo por el obvio cansancio físico, las ojeras de búho y esa resaca seca que deja a los papás en modo Walking Dead.

Sino por esa magia que envuelve la primera noche juntos. Es más que ocho horas de desvelo. Ese vínculo, que se traduce en preocupación, miedo, desesperación, urgencia… nos une a los hijos; nos sensibiliza, nos hace amarlos más. Nos permite entender lo que significan realmente. Nuestra vida, nuestra carne y la responsabilidad más grande y dignificante que pueda asumir una persona.

Su salud, crecimiento, bienestar, sueño son más importantes que cualquier otra cosa. Más que una, dos, tres, cinco, veinte o mil noches de resaca seca. Finalmente, cuando los vemos recostados en su cuna, con su armadura contra el frío, regalándonos una sonrisa dormidos…. todo pasa.

PD: El secreto para que duerman en la noche es tenerlos activos en el día. Juegos, ejercicios de estimulación y no privarlos de su derecho a llorar un tiempito, antes de atenderlos. Eso se olvidaron de decirme, pero gracias a Dios existe la Internet. Aquí un video que puede ser de interés.

24 horas de labor de parto (parte dos)

Por: Andrés Jaramillo
@andresgaj

Hospital Carlos Andrade Marín, en Quito.

Hospital Carlos Andrade Marín, en Quito.

-!Familiares de la señora Dávalos¡

El grito me despertó justo cuando el cansancio se había impuesto a la preocupación y me mantenía con los ojos semi-cerrados. En ese estado en que uno no sabe qué mismo es la realidad.

No sabía de qué lugar exacto venía la voz del enfermero. Me levanté rápido de la silla de plástico aún somnoliento, acordándome de repente que estaba en la sala de espera del segundo piso, en el Hospital Carlos Andrade Marín, en Quito.

Eran las 03:00 del 12 de enero del 2015. Habían pasado casi tres horas desde que mi esposa ingresó  al quirófano para dar a luz. La voz del enfermero era la primera señal que tenía desde que la vi ingresar al área de parto con la bata celeste, en una silla de ruedas y sintiendo cada contracción  como martillazos en el vientre.

-Yo soy el esposo, le dije al enfermero, al verlo a unos 20 pasos de distancia

Intenté acercarme, pero antes de que pueda distinguir su nombre bordado en el uniforme, me detuvo con su voz:

Su hijo nació bien; vaya a inscribirlo y regrese con la ropa. ¡No se demore!

Volví al asiento de plástico  y traté de acomodar las maletas para poder hacer el trámite. No podía dejarlas en lugar abandonadas. No es que desconfiaba de las siete personas que estaban a esa hora en la misma sala. Ellas tenían preocupaciones más importantes. Pero desde que llegamos al hospital, esas maletas habían sido mi única compañía; ya les guardaba cariño.

La mochila del papá, que estaba repleta con una muda de ropa, la Kindle Fire, el celular, una chompa adicional y una bufanda, fue a parar a la espalda. La pañalera de mi hijo, con su primera vestimenta, el pañal, alcohol, pañitos húmedos, crema, cobija… se colgó de la mano izquierda. La maleta de la mamá, también con una ‘parada’ cómoda de ropa, bata, pantuflas, artículos de limpieza… fue a parar a la otra mano.

La gente me veía igual que a un excursionista a punto de conquistar el Everest, sin oxígeno.

Más vale estar prevenido ante cualquier imprevisto.

Más vale estar prevenido ante cualquier imprevisto.

Corrí hacia la salida del área de quirófano, bajé las gradas, crucé un pasillo, llegué a emergencias, pasé las ventanillas, el triaje, tuve que esquivar a las personas para no golpearlas con las maletas y entonces… entonces me di cuenta que nunca pregunté donde carajos debía hacer el trámite. Por suerte, en el IESS, los guardias no solo hacen de vigilantes, sino de asistentes de información y a veces hasta de enfermeros con los pacientes.

El registro no tardó más de cinco minutos. Cuando volví a la sala de espera del quirófano, el enfermero estaba impaciente, esperando el documento y la primera ropa que luciría mi hijo. Entró apurado y silencioso. Quise seguirlo, pero entonces los guardias se quitaron esa bata simbólica de médicos y entraron en papel; me dijeron que era una área restringida.

Volví a las sillas de plástico. En el fondo de la sala, el familiar de un paciente había juntado dos filas de esas sillas para simular una cama. No lo lograba. Las sillas no tenían la base plana sino curva y en medio de cada una existía una división de acero. Todo el que intentaba recostarse se entrenaba para fakir.

Los más práctico era sentarse en una silla junto  a la pared. Así podía arrimar la cabeza al hormigón armado, cruzar los brazos y soñar con la idea de que estaba en una cama de tres plazas. Me dormí unos minutos pensando en que las salas de espera deberían tener sofás, un futbolín, un cyber o incluso un ‘barcito’ para que los papas primerizos puedan mitigar el susto con un anisado.